>Libro: “Khomeini’s Ghost”, de Con Coughlin, Treinta años de jomeinismo.

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Hace ya treinta años que Ruholá Jomeini regresó a Irán con el único propósito de crear una república islámica revolucionaria capaz de, bajo su liderazgo espiritual y político, imponer su visión rigorista del Corán a todos los musulmanes y acceder al estatus de potencia hegemónica.

El periodista Con Coughlin sabe mucho del Medio Oriente, no en vano lleva media vida en esa zona caliente del mundo. Y sus libros, además de serios, suelen publicarse en los momentos apropiados: pienso, por ejemplo, en la biografía que dedicó a Sadam Husein, que salió a la venta pocos meses antes de la intervención en Irak (marzo de 2003). Otro tanto puede decirse de esta otra, centrada en el Irán de Jomeini.

Khomeini’s Ghost no es una biografía del famoso ayatolá, aunque tenga mucho de ello; tampoco es un ensayo sobre el Irán de la revolución islamista, aunque también. En realidad, es un estudio sobre el auge de la visión que Jomeini tenía de su Irán islámico y revolucionario, que deseaba duradero.

El libro está dividido en dos grandes partes; entre ambas, suman once capítulos. La primera tiene que ver con la vida y la obra de Jomeini, desde su nacimiento hasta su regreso triunfal a Teherán y los primeros momentos de la sangrienta revolución que pondrá en marcha (febrero de 1979), pasando por su expulsión del país, dictada por el Sha. Por su parte, la segunda da cuenta de la consolidación del régimen islamista y llega hasta nuestros días, es decir, hasta la presidencia apocalíptica de Mahmud Ahmadineyad.

El cuadro resultante de lo escrito por Coughlin no puede más que ser inquietante, pues deja entrever que los clérigos iraníes siempre han acabado por salirse con la suya, ante la pasividad o el desconcierto internacional. Fuera y dentro de las fronteras de Irán. Es más: Khomeini’s Ghost pone perfectamente de relieve cuáles son los límites de moderación de los dirigentes iraníes de acuerdo con el jomeinismo; muestra cómo los experimentos reformistas han fracasado una y otra vez y cómo han sido siempre los radicales y quienes prefieren la confrontación al diálogo los que han salido favorecidos. Jatamí suele ser el ejemplo más conocido y citado de moderación; pero aquí se informa también de otros. Este libro se lee bien, especialmente las cien primeras páginas, donde se nos describe a Jomeini por extenso y se aportan datos del personaje poco conocidos por el público general, como sus dotes comerciales y de gestión: el señor llegó a ser un auténtico terrateniente, en cuyos campos trabajaban cerca de tres mil familias. También se nos habla de su sangre fría, y de cómo apostó por la ejecución de sus enemigos políticos, seculares o religiosos, de derechas o comunistas, kurdos o persas. También se leen muy bien las cien últimas, que nos resultan más familiares, en la medida en que abarcan el último periodo de Irán, la etapa de Rafsanyani, Jatami y Ahmadineyad. La zona media del libro resulta fascinante, pero algo más compleja. Sea como fuere, cabe destacar el carácter pedagógico del texto de Coughlin.

Como decía más arriba, el cuadro resultante no podía ser más intranquilizador. Por varios motivos. Como queda claro en estas páginas, la idea de Jomeini consistía en convertir a Irán en el líder espiritual y político del mundo musulmán, por la fuerza si fuera necesario, y por los medios que fuera preciso emplear, del terrorismo a las armas atómicas. Coughlin saca a relucir una carta de Jomeini fechada el 16 de junio de 1988, cuatro días antes de que tuviera que aceptar el alto el fuego con Irak, en la que pedía que su país se dotara de los medios oportunos para acometer operaciones ofensivas, incluido el armamento nuclear. La carta estaba dirigida al liderazgo militar y político iraní, y es importante porque desmonta la teoría –tan en boga ahora que se quiere hacer de Irán un país normal– que afirma que el Islam no aprueba las armas de destrucción masiva. El Islam de Jomeini, desde luego que sí.

Coughlin deja al descubierto todas las maniobras iraníes para exportar su revolución a medio mundo mediante terceros y la explotación de grupos terroristas, desde Hizbolá a la Yihad Islámica palestina. El recuso al terrorismo como método para hacer avanzar los intereses de Teherán queda ampliamente probado. Igualmente, explica cómo las autoridades iraníes han recurrido sistemáticamente a la taqiyya, esto es, a la ocultación mediante la mentira; porque lo que no aprueban es la mentira entre musulmanes, pero sí su empleo ante los adversarios, si con ello salvaguardan el espíritu y las instituciones de la revolución islámica.

Esto son sólo tres enseñanzas, entre muchas otras que alberga esta obra, pero que resultan especialmente relevantes en estos momentos, cuando el presidente americano quiere sentarse a dialogar con los ayatolás, esos maestros en el engaño, que tienen un plan maestro absolutamente incompatible con nuestros valores e intereses. Por lo que hace a la comunidad europea, se ha rendido políticamente y lo único que parece ambicionar es ampliar sus relaciones comerciales con Teherán, aunque la República Islámica acabe haciéndose con la bomba.

Ah, una última cosa: Coughlin, al explicar las discusiones internas en el liderazgo religioso iraní, deja ver que lo que más han temido los ayatolás hasta el momento es la pérdida del poder. Ahmadineyad cambia algo el juego, pero lo cierto es que el régimen no quiere dejar de serlo. Tal vez por ahí es por donde más se les podría presionar. Lástima que la política de regime change haya desaparecido de todas las agendas.


Escribe: Rafael L. Bardají, en GEES


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