Flos Sanctorum: Vida de San Francisco Javier.

 

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Francisco de Jasso Azpilcueta Atondo y Aznáres de Javier, más conocido como Francisco de Javier o Francisco de Jasso (7 abril1506 – 3diciembre1552) fue un religioso y misionero navarro de la Compañía de Jesús nacido en el Castillo de Javier de la Villa homónima y fallecido en la isla de Sanchón (China).

 

 

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El castillo natal de Francisco Javier. Donde el río Aragón empieza a regar las fértiles tierras de la ribera de Navarra existía un castillo medieval, edificado en el siglo XIII sobre otro más antiguo y renovado por sus padres.  Coronado de macizas torres y rodeado de un foso con altos muros y puentes levadizos, demostraba a las claras su carácter defensivo frente al vecino Reino de Aragón.

Fue canonizado por la Iglesia Católica con el nombre de San Francisco Javier.

Francisco de Javier fue un relevante misionero jesuita, miembro del grupo precursor de la Compañía de Jesús y estrecho colaborador de su fundador, Ignacio de Loyola.

Se destacó por sus misiones que se desarrollaron en el oriente asiático y en el Japón. Recibió el sobrenombre de Apóstol de las Indias.

El papa Alejandro VII, en el año 1657,  incorporó como patrono del reino de  Navarra  a San Francisco Javier que a partir de entonces comparte con San Fermín.

Cronología del Santo:

7-4-1506. Nace en el Castillo de Javier (Navarra, España).

  1. Marcha a París para estudiar en la Sorbona.

15-8-1534. Hace los votos de Montmartre con Ignacio y otros cinco compañeros.

24-6-1537. Ordenado sacerdote en Venecia.

  1. Destinado a las Indias.

7-4-1541. El mismo día de su 35 cumpleaños sale de Lisboa.

6-5-1542. Llega a Goa. Desde allí, durante unos 7 años evangeliza buena parte del sur de la India, Ceilán, Malaca, etc.

15-8-1549. Llega a Kagoshima, Japón.

  1. Regresa a la India y hace nuevos proyectos.

3-12-1552. Muerte en la isla de Sanchón, frente a las costas de China.

12-3-1622. Es canonizado junto a San Ignacio, Santa Teresa, San Isidro Labrador y San Felipe Neri por el Papa Gregorio XV.

  1. San Pío X le nombra Patrono de las Misiones.

Francisco Javier en París.

París siempre ha tenido fama de ciudad alegre y divertida; pero ninguno de sus barrios era tan bullicioso y jaranero como el Latino, donde se hacinaban los cincuenta colegios que componían la Universidad de la Sorbona.

 La sociabilidad innata de Javier unida a su jovialidad será una constante hasta el fin de su vida.

 La extrema severidad de los reglamentos de esos Colegio Mayores no era obstáculo para Javier para escapar del colegio de noche y respirar un poco de libertad por las timbas y tabernas, que tanto abundaban en el barrio Latino.

 A Javier le gustaba beber, jugar a las cartas y, sobre todo, cantar, pero sin caer en obscenidades.  Y así hasta tropezar con Iñigo de Loyola.

La conversión de Francisco Javier.

Un buen día Javier se encuentra con un estudiante guipuzcoano, cojitranco, reconcentrado y muy devoto, con 16 años por encima de los suyos: era Ignacio (Iñigo) de Loyola.

 Y providencialmente acabaron hospedándose en la misma habitación del Colegio Mayor de Santa Bárbara.

 Mientras Javier era un joven fogoso, de porte distinguido y apuesto, con anhelos de gloria, queriendo brillar en el mundo… Ignacio sólo ambicionaba glorificar a Dios y servir a la Iglesia.

 Pero Javier ante la reiterada pregunta de Ignacio “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” terminó por renunciar al mundo y hacerse jesuita jurando sus votos.

Posteriormente viajó, viajó siempre, durante toda su vida de activo misionero. Enseñaba, bautizaba, confesaba, creaba fe, esperanza, amor. La Iglesia crecía cada día, viéndole a él, escuchándole. Para él no existía el país imposible. Y un día quiso conquistar la inmensa China. Navegó, llegó a una isla, veía la costa del continente firme. Se sintió enfermo.

Javier fue probablemente el poeta que cantó esos versos del más puro acto de amor a Jesucristo:

“No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido. / Ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido. / Muéveme el ver tu cuerpo tan herido. / Muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme, al fin tu amor,  y en tal manera, / que, aunque no hubiera cielo,  yo te amara, / y, aunque  no hubiera infierno, te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera. / Pues, aunque lo que espero, no esperara, / lo mismo que te quiero te quisiera”.

 

El Divino Impaciente.

José María Pemán, (*) en su inmortal obra, “El Divino Impaciente” describe muy bien, en sus sonoros versos, la biografía de San Francisco Javier  y su relación con su amigo Ignacio de Loyola:

DE IGNACIO A JAVIER:

“Te quiero siervo de Dios… / ¡pero sin jugar a santo!… Lo has de ser con menos brío: / cuando suena mucho el río / es porque hay piedras en él. / Virtud que se paladea / apenas si es ya virtud. /  No hay virtud más eminente / que el hacer sencillamente / lo que tenemos que hacer…/ El encanto de las rosas / es que, siendo tan hermosas,  / no conocen que lo son. / Pedro Fabro: en Javier fundo / mi ilusión y mi placer; /  que si yo gano a Javier, Javier me ganará un mundo… Vencida su inexperiencia / domada su vanidad / de él espero, si me es fiel, / milagros de santidad…”

IGNACIO A JAVIER cuando MARCHA HACIA LAS INDIAS:

“Pídele a Dios cada día / oprobios y menosprecios, / que a la gloria, aun siendo gloria / por Cristo, le tengo miedo… / Ni el rezo estorba al trabajo, ni el trabajo estorba al rezo. / Trenzando juncos y mimbres / se pueden labrar, a un tiempo, / para la tierra un cestillo / y un rosario para el cielo… / Mientras tanto, Javier mío, / porque no nos separemos, / llévame en tu corazón, / que en mi corazón te llevo”.

JAVIER, AGOTADO, VA HABLANDO CON DIOS, en el EPILOGO de la obra:

“Postrado a tus pies benditos,/ aquí estoy, Dios de bondades, / entre estas dos soledades / del mar y el cielo infinitos…/ Vencida de tanto hacer / frente al mar y a su oleaje, / ya va a rendir su viaje la barquilla de Javier…/  No puse nunca, Señor,/ la luz bajo el celemín… / Me diste cinco talentos /y te devuelvo otros cinco… / Cuida a mi gente española… / Y si algún día mi casta / reniega de Ti y no basta,/ para aplacar tu poder,/  en la balanza poner sus propios merecimientos…/ pon también los sufrimientos / que sufrió por Ti Javier… / Sí… no me ocultes tu rostro… / Ya va a buscarte tu siervo…” (Javier va dejando caer la cabeza…).

 

En Roma, en la iglesia del Gesú, se puede ver la imagen del Santo,  su brazo derecho levantado, agotado, como  si estuviera dando la absolución, bendiciendo o bautizando. Javier murió a los 46 años.  Sin duda fue el Impaciente, pero un impaciente divino, que conmovió el mundo, los siglos y la historia habiendo vivido solamente cuarenta y seis  años.

F.J.de C.

Madrid, 8 de diciembre de 2.015

 

(*) Nota: José María Pemán,(Cádiz, 1987 – Cádiz, 1981) poeta,dramaturgo, escritor, articulista y orador español católico  entre sus numerosísimas obras destaca El Divino Impaciente que estrenada en 1.934 en Madrid obtuvo un clamoroso éxito en pleno auge de la II República.

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