Viernes Santo: poema de Gabriel y Galán “La Pedrada”

José María Gabriel y Galán nació el 28 de junio de 1870 en Frades de la Sierra, pequeño pueblo de la provincia de Salamanca (España). Sus padres se dedicaban al cultivo de la tierra y la ganadería en terrenos de su propiedad.Su infancia la pasa en su pueblo natal; a los 15 años se traslada a la capital, Salamanca, donde prosigue sus estudios.Durante esa etapa comienza a escribir sus primeros versos muy elogiados por sus amigos que le estimulan a continuar escribiendo poesías.

En 1888 obtiene el título de maestro de escuela y es destinado al pueblo de Guijuelo, distante 20 Km. de su pueblo natal.

Tras una corta estancia en la escuela de este pueblo, se traslada a Madrid para estudiar en la Escuela Normal Central.

En la capital de España reside por poco tiempo,pasando después, un nuevo destino de maestro de escuela en Piedrahita, (Ávila). De convicciones profundamente religiosas recibidas de su madre, doña Bernarda, son sus primeras poesías el fiel reflejo de sus creencias.

En su poema titulado “La Pedrada”, muy apropiado en estos días de Semana Santa, narra el poeta con gran vigor literario y emoción religiosa, una procesión en la que un niño, impresionado por ver al Nazareno azotado y humillado lanza una pedrada contra la imagen del “sayón” que así trata al Señor en su Pasión.

Seguidamente, en versión de video YouTube  https://youtu.be/zFjwRc7sdZo

y escrita:

LA PEDRADA

I

Cuando pasa el Nazareno

de la túnica morada,

con la frente ensangrentada,

la mirada del Dios bueno

y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,

las entrañas se me anegan

en torrentes de amargura,

y las lágrimas me ciegan,

y me hiere la ternura…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos

de la estepa castellana,

donde había unos cristianos

que vivían como hermanos

en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar;

y como amar es sufrir,

también aprendía a llorar.

Cuando esta fecha caía

sobre los pobres lugares,

la vida se entristecía,

cerrábanse los hogares

y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno

de la frente coronada,

por aquel de espigas lleno

campo dulce, campo ameno

de la aldea sosegada,

los clamores escuchando

de dolientes Misereres,

iban los hombres rezando,

sollozando las mujeres

y los niños observando…

¡Oh, qué dulce, qué sereno

caminaba el Nazareno

por el campo solitario,

de verdura menos lleno

que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente

caminaba y cuán doliente

con la cruz al hombro echada,

el dolor sobre la frente

y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,

en hileras extendidos,

iban todos emcapados,

con hachones encendidos

y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,

doloridas, angustiadas,

enjugando en las mantillas

las pupilas empañadas

y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,

de la imagen por las huellas

santo llanto iban vertiendo…

¡Como aquellas, como aquellas

que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,

silenciosos, apenados,

presintiendo vagamente

dramas hondos no alcanzados

por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos

junto al dulce Nazareno,

maldiciendo a los Judíos,

«que eran Judas y unos tíos

que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado

recordando la grandeza

de aquel echo inusitado

que una sublime nobleza

inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía

con honda calma doliente,

¡Qué triste el sol se ponía!

¡Cómo lloraba la gente!

¡Cómo Jesús se afligía…!

¡Qué voces tan plañideras

el Miserere cantaban!

¡Qué luces, que no alumbraban,

tras las verdes vidrïeras

de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano

que al dulce Jesús seguía

con el látigo en la mano,

¡qué feroz cara tenía!

¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!

Iba a caer el Cordero,

y aquel negro monstruo fiero

iba a cruzarle la cara

con un látigo de acero…

Mas un travieso aldeano,

una precoz criatura

de corazón noble y sano

y alma tan grande y tan pura

como el cielo castellano,

rapazuelo generoso

que al mirarla, silencioso,

sintió la trágica escena,

que le dejó el alma llena

de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,

se separó de la gente,

cogió un guijarro redondo,

miróle al sayón la frente

con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,

apretó la dentadura,

aseguróse en los pies,

midió con tino la altura,

tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,

sonó un golpe indefinible,

y del infame sayón

cayó botando la horrible

cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados

por el terrible suceso,

cercaron al niño airados,

preguntándole admirados:

-¿Por qué, por qué has hecho eso?…

Y él contestaba, agresivo,

con voz de aquellas que llegan

de un alma justa a lo vivo:

-«¡Porque sí; porque le pegan

sin hacer ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,

viendo a Jesús padecer,

interrogándome estoy:

¿Somos los hombres de hoy

aquellos niños de ayer?

F.J. de C.

Madrid, 25 de marzo de 2.016

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