“Vidas ejemplares”

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Miguel Ángel Aldana Barrena

 

Miguel Ángel Aldana Barrena ( 67), alias Askatu, alias Angelín,nació en 1949 en un caserío de Múgica, Vizcaya, falleció de muerte natural en la habitación de un hospital venezolano. Así hubieran deseado morir las decenas de víctimas mortales que este asesino en serie de la banda terrorista Eta asesinó y acribilló a tiros; las fuerzas de seguridad estiman que mató a no menos de 18 personas en unos 30 atentados de los comandos Vizcaya y Kioto: un teniente coronel retirado,Alberto Aznar Feix, en Portugalete, un taxista, Lisardo Sampil Belmonte, el dueño del bar La Herradura, de Lemona, Antonio Pérez García,el jefe de la Policía Municipal de Amorebieta; así como,  ametrallamiento de los cuarteles de la Guardia Civil de Galdácano y Durango; robo de 8.000 kilos de goma-2 en un polvorín de Cantabria….entre otros.

Trabajó en el campo con sus padres dejando la “ikastola” (escuela) a la tierna edad de 14 años en que se afilió a las juventudes del PNV (partido nacionalista vasco) y de allí saltó, como muchos jóvenes de la época, a engrosar la banda terrorista Eta. Le capturaron y fue a la cárcel, pero salió gracias a la Ley de Amnistía de 1977. Pudo haber parado entonces su criminal biografía, pero decidió no hacerlo, no pagando nada por sus crímenes. Pronto cruzó la frontera y ahí empezó un largo periplo. Estuvo desterrado en la pequeña isla de Yeu (Francia) y en 1985 Francia lo deportó a Quito. Su siguiente destino fue Santo Domingo y el siguiente, Panamá, de allí, en 1.990, a Caracas.

En Venezuela, ETA creó su primera célula en el extranjero, poco después de nacer, en 1959, por lo que allí ya existía una nutrida representación de militantes de esa banda criminal.

En Caracas los etarras estaban bien relacionados con todo el arco parlamentario y  cobraban cada mes una ayuda oficial que garantizaba su manutención y las redes tejidas por el sector terrorista de la colonia vasca se ocupaban de buscarles trabajo.

La llegada al poder del ex golpista Comandante Hugo Chávez mejoró, todavía mas,  sus expectativas; algunos de los terroristas llegaron a tener representación en organismos ministeriales y la situación general  de la colonia etarra cambió de forma sustancial, hasta que en 2006, Aldana y otros etarras recibieron la nacionalidad venezolana, lo que les blindaba de cara a una extradición a España.

Su rastro se esfumó hasta los años 90, cuando se descubrió su paradero en Venezuela junto con otros miembros de la banda. La Audiencia Nacional solicitó entonces su extradición, pero esta reclamación no tuvo éxito. La presión española para que las autoridades de Caracas pusieran fin al santuario etarra hicieron que en 1999,  Aldana protagonizara un confuso intento de fuga, en el que fue arrestado en el aeropuerto de la capital venezolana cuando se disponía a viajar a Holanda con pasaporte falso, pero pronto quedó libre. Chávez nunca lo extraditó, como pedía la Audiencia Nacional española: arguyó que no lograba encontrarle.

Como otro sanguinario etarra, Ignacio de Juana Chaos, que regenta en Chichiriviche, Venezuela,  una tasca y licorería, gozaba hace años su refugio en Venezuela, con la ventaja de haber pasado más inadvertido entre la veintena de etarras con causas abiertas que siguen cobijados en la tambaleante república de Nicolás Maduro.

La funeraria Vallés, la primera y más elegante de Caracas.

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La funeraria Vallés se precia de ser la primera y más elegante de Venezuela. En el centro de la sala, entre sillas tapizadas, se alza un féretro con la tapa abierta: allí se encuentran los restos mortales del difunto terrorista cuyo rostro era uno de los más buscados en España por la Guardia Civil.  Lo cubre una gran pancarta de ETA, como una manta que resguarda al muerto del frío.

Al fondo, en la pared, coronando el altar, un cuadro igual: las mismas tres siglas, la serpiente (la astucia, el sigilo) enrollada a un hacha (la fuerza) y el lema que siempre las acompaña, el “bietan jarrai” (adelante con las dos: con la vía política y con la militar). Es el símbolo al que, 44 años atrás, se abrazó quien hoy descansa entre la ikurriña (bandera de los nacionalistas vascos) y la bandera estrellada de la Venezuela bolivariana.

En abril de 1996 se supo que Angelín vivía, ironías del destino, en la primera ciudad del continente americano fundada por los españoles en 1521, Cumaná, una bonita localidad playera al oeste del país. Más tarde trascendió que hasta 2009 trabajó en un taller de reparación de atuneros ayudado por otros etarras y que, cumplidos los 60 años, empezó a vivir de las ayudas sociales.

“Algunos en Venezuela hicieron carrera, pero éste, un tipo con pocas luces, y sin formación (solo se le daba bien el manejo de pistolas y explosivos), no podía ser más que peón obrero sin cualificación”,decían de él sus propios correligionarios; algunos han empezado a regresar a España, como su hermano Alberto, que no tiene ya causas pendientes… La mayoría están alcoholizados y no saben hacer otra cosa que ir de vinos (txikitos, en el argot vasco ).

Su funeral, dos días después, sería considerado probablemente en España un acto de apología del terrorismo: aquí los allegados a los miembros de ETA se conforman a estas alturas con una ikurriña, y si colocan un anagrama de la banda, la imagen no se difunde. Pero en Caracas su último adiós ha discurrido con toda la parafernalia tradicional y con la publicidad de la denominada Coordinadora Simón Bolívar.

F.J. de C.

Madrid, 17 de abril de 2.016

 

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